Relicarios, la exaltación de la religiosidad

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El espacio interior del relicario se divide en compartimentos mediante estructuras de cartón, pergamino, papel, cera o metal y cada espacio alberga huesos que pueden identificarse con filacterias

Plateros, escultores, pintores, ebanistas y grabadores han dejado, durante siglos, huella de su arte en piezas creadas para resguardar y venerar los restos mortales y los objetos que pertenecieron o tuvieron contacto con Jesús, los apóstoles y los hombres santos.

El culto, procedente del judaísmo y perpetuado por la herencia helenística mediante la adoración del cuerpo del héroe, entronca con el cristianismo desde su gestación como sistema religioso y los relatos evangélicos ya aluden a un concepto que cobra fuerza con las persecuciones y los martirios y la aparición de prácticas devocionales para rememorar a los caídos al servicio de la fe.

Relicario del lignum crucis del siglo XVI. Tríptico de viaje acabado en madera dorada y adornado con miniaturas pintadas, tejidos y elementos metálicos. Fuente: Museo Etnográfico de Castilla y León

Relicario del lignum crucis del siglo XVI. Tríptico de viaje acabado en madera dorada y adornado con miniaturas pintadas, tejidos y elementos metálicos. Fuente: Museo Etnográfico de Castilla y León

Celebraciones que comienzan en las tumbas para trasladarse después a los altares de los templos, consagrados con reliquias y transformados en sepulcros de mártires según consta en un estudio de la Universidad de Zaragoza firmado por Javier Ibáñez y Jesús Criado y titulado ‘El arte al servicio del culto de las reliquias’.

Iglesias que exponen también artículos considerados divinos para despertar el fervor y la espiritualidad de los fieles y lo hacen con ornato, dedicando sus mejores recursos, humanos y materiales, a engalanar las urnas y los receptáculos de huesos, partes corpóreas, tejidos y elementos variopintos.

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Los tabiques forman dibujos más o menos enrevesados y, a veces, se disponen en forma de retablo u ostensorio

De la esfera pública se trasciende a lo privado y la creencia de que la proximidad y el contacto con estos objetos santificados podía ayudar a atraer la virtud, curar las enfermedades u obrar milagros anima a los creyentes a portarlos consigo e incluso a integrarlos en sus prácticas funerarias.

En los albores de la liturgia los fieles llevaban esponjas y paños empapados en la sangre de los mártires y recogían las sábanas mortuorias, el aceite de las lámparas de la estancia e incluso el polvo de las catacumbas.

Igualmente, hacían acopio de los instrumentos de su tortura y martirio (cruz, cadenas, clavos…) y veneraban el lugar donde habitaron y el sitio en el que fenecieron, elegido para elevar basílicas y santuarios en su honor.

Cuando no podían obtener estos ‘trofeos’ los compraban, pagando a veces cantidades desorbitadas por un trozo de eternidad y generando disputas entre ciudades ya que su posesión garantizaba ingresos y visitas.

Relicario de San Amancio. Brazo sobre peana. Sobre 1600. Fuente: http://www.europeana.eu/

Relicario antropomorfo de San Amancio. Brazo sobre peana. Sobre 1600. Fuente: http://www.europeana.eu/

Los primeros restos objeto de devoción católica fueron los de San Esteban, lapidado a las afueras de Jerusalén, pero la costumbre fue asegurada en los siglos III y IV con las disposiciones del papa Félix I y el Concilio de Cartago que fijaban que toda iglesia debía contener una reliquia en su altar para ser habilitada para la misa.

En esa época aparece el hábito de repartir partes de los santos -ya objeto de negocio a ambas orillas del Mediterráneo-por toda la Cristiandad con la seguridad de que cualquier mínimo fragmento conservaba intactas sus propiedades místicas y sobrenaturales.

Relicario del siglo XVII que representa a San Miguel con una balanza. Pintura sobre metal, con cristal biselado y marco de plata dorada. Fuente: Museo Etnográfico de Castilla y León

Relicario del siglo XVII que representa a San Miguel con una balanza. Pintura sobre metal, con cristal biselado y marco de plata dorada. Fuente: Museo Etnográfico de Castilla y León

La devoción piadosa de todos los estratos sociales por unos elementos que inspiran peregrinaciones y cruzadas, exacerbada debido a la incultura y superstición medieval, pone en alerta al Vaticano y en el 787 decreta que se les debe culto relativo y que sólo son un vehículo de práctica religiosa, reservando la adoración para la divinidad.

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Los relicarios de carácter popular incorporan, a veces, adornos de lentejuelas y otros elementos metálicos

La demanda sobrepasa lo imaginable y la simonía y el mercadeo, alimentado en su mayoría por el hurto y la falsificación intencionada, se imponen.

En el siglo IX se crea una asociación para regular la venta de reliquias, un negocio fácil ya que nunca requería pruebas de veracidad ni cuestionaba la procedencia de la pieza lo que daba lugar a duplicidades vergonzantes y timos escandalosos.

El IV Concilio de Letrán prohíbe el tráfico, que alcanza su auge a finales de la Edad Media, y exige la aprobación papal para la veneración, pero el deseo de nobles y pueblo, alimentado por los pensadores cristianos, no cede y aparecen los primeros coleccionistas.

Federico III de Sajonia contaba con una ostentosa y morbosa lipsanoteca, mantenida con la concesión de indulgencias, que generó agrios debates y alimentó la reforma protestante y la archiduquesa María Magdalena de Austria con su Capilla de las Reliquias y el rey Felipe II, que recopiló una notable muestra en el Escorial que determinara, en parte, los hábitos religiosos del pueblo español, fueron también grandes interesados en la materia.

Los relicarios son adoptados por las clases populares que los lucen en sus vestimentas acompañados de medallas, amuletos y otros elementos. Fuente: www.elnortedecastilla.es

Estos objetos son adoptados por el pueblo que los luce en sus vestimentas tradicionales acompañados de medallas, amuletos y otros elementos. Fuente: www.elnortedecastilla.es

Lutero y Calvino, que negaban muchos sacramentos y liturgias, veían esta práctica inútil y la tildaban de idolatría pero, en reacción al movimiento surgido en Alemania, el Concilio de Trento declara que es obligatorio venerar cuerpos de santos y mártires en la medida que habían contenido al mismo Cristo y al Espíritu Santo y condena al que no lo haga, alertando también contra los deseos de ganancia sórdida.

La Iglesia desarrolla un proceso de reconocimiento y verificación para frenar los abusos -en 1667 constituye la Congregación de Indulgencias y Santas Reliquias-y se encarga de expedir un documento acreditativo (auténtica), exigido en las compras aunque sin valor real de trazabilidad, sobre las reliquias legales en circulación, muchas rescatadas de tierras herejes o exhumadas de las catacumbas romanas.

Tipología de relicarios

El hecho de que las reliquias tuvieran que entrar en contacto con el fiel, que deseaba verlas, tocarlas y besarlas, provoca que desde los orígenes se muestren en ricas urnas, de suntuosos materiales y diversas hechuras, funciones y estilos, para realzar su importancia espiritual, preservarlas de la corrupción y hacerlas atractivas al público.

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Relicario de la Santa Faz. Imita el icono bizantino custodiado en la catedral jienense desde donde su culto se extendió a todo el territorio nacional. Pintado sobre vidrio en negro y con fondo en pan de oro

Destinadas a un lugar prominente y valoradas en mayor estima que joyas y gemas, pasan a formar parte de palacios y residencias particulares y a convertirse también en accesorios y adornos personales como testimonio visible de religiosidad, manteniendo en los siglos posteriores parte de su aura divina.

En los primeros tiempos de la Iglesia era costumbre que los fieles utilizaran botellitas con algodón empapado en aceite bendito y emplearan también una pequeña caja o medallón adornado con grabados o letreros –encólpium-donde portaban los restos.

Cruz relicario realizada en alpaca blanca entre finales del XIX y principios del siglo XX

Cruz relicario realizada en alpaca blanca entre finales del siglo XIX y principios de la pasada centuria

Esta sagrada alhaja -hay ejemplos conservados desde el siglo IV-solía adoptar la apariencia de estuche con forma de cubo, cilindro y cruz y presentaba una anilla en la parte superior para portarla con una cadena, tal y como se indica en el catálogo del Museo del Pueblo Español.

La confección de relicarios, uno de los capítulos más sugerentes del arte suntuario cristiano que a veces ha sido denostado por asociarlo con la superchería del pasado obviando su relevancia histórica y cultural, se desarrolló gracias a la imaginación de artistas de diferentes gremios.

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Pieza de plata y vermeil con imagen de San José, cerco fitomorfo y argolla para colgarla de una cadena

Ellos fueron los encargados, según destaca la ponencia ‘Retablos relicario en la Nueva España’ de Gabriela Sánchez Reyes, de encontrar soluciones formales apropiadas, condicionadas por las dimensiones y estructura de la reliquia, y adoptarlas a los diferentes materiales y gustos imperantes.

Maestros y orfebres de distinta condición buscaron crear piezas únicas, singulares y especiales que honraran con su belleza y ornato el valor incalculable del resto que debían amparar.

Manuel Pérez Sánchez afirma, en su análisis ‘Arcas de prodigios’, que predominan las técnicas desarrolladas por los plateros y los joyeros por encima de la talla, el óleo, la metalistería, la escultura y la eboraria.

Los obradores manejan compuestos nobles y plebeyos (oro, plata, piedras preciosas, cristal de roca, metales dorados, marfil, sedas, bronce, chapas esmaltadas, ébano, nácar, azabache, hierro, plomo, madera, yeso, hueso, arcilla, cera, brocados, lino…) y sus piezas asumen estructuras y diseños sorprendentes como templetes, iglesias, capillas, estatuas, naves, cimborrios, cúpulas, trípticos, fanales, tableros, cálices, navetas, cofres, libros, cabezas o pirámides.

En líneas generales podemos hablar de seis grandes grupos.

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Unidad de carácter popular con cerco de metal dorado y talla en yeso de la Virgen con el niño

Las arquetas relicario en forma de sarcófago y sepulcro, los antropomorfos (brazos, pies, piernas, bustos, cráneos…), entre los que se enmarcan las estaurotecas eclesiales en forma de cruz con fragmentos de la Lignum Crucis, los ostensorios de factura arquitectónica venerados en los templos, los imponentes retablos que adornan catedrales y monasterios y las lipsanotecas, recipientes con tapa que contienen diminutos restos de santos y pueden presentarse policromados y embellecidos con filigranas, bordados y motivos geométricos o atáuricos, de flores y follaje.

Joyas portátiles

No nos detendremos en estas cinco primeras categorías sino que analizaremos un poco más de cerca los relicarios joya, adornos portátiles de uso individual en los que los restos guardados suelen identificarse con una cédula de papel que señala el nombre del santo.

Los más antiguos de estos encolpia, que se lucían colgados del cuello o la cintura y se prendían al pecho mediante un broche, contenían trozos de tela, pergamino y madera de la Vera Cruz. Aparecen en torno al siglo IV y son cajitas cúbicas de oro con el monograma del nombre de Cristo acompañado de las letras griegas alfa y omega.

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Los relicarios combinaban muchas veces restos orgánicos con representaciones e imágenes religiosas

En las centurias posteriores surgen cápsulas, anillos y otros soportes y se emplea la fundición, el repujado, el cloisonné, el nielado, el grabado, el cincelado, la filigrana, el laminado, el trefilado y el engarce para crear piezas notables que, a veces, rematan los rosarios y lucen en collares y brazaleras colocadas en ojales bajo las mangas.

Durante la Baja Edad Media el uso de relicarios personales es menos frecuente pero se generalizan las bolsas de tejido para llevar restos y las cajas juraderas para testimoniar la verdad y se adopta la costumbre de guarnecer con estos elementos (dientes, sangre, cabellos…) las empuñaduras de las espadas de los caballeros.

Pareja de relicarios acabados en plata

Pareja de relicarios acabados en plata

Con el Renacimiento y el Barroco, estos joyeles, que podían incluir desde elementos orgánicos identificados con filacterias hasta representaciones que evocaban acontecimientos sagrados y objetos que habían estado en contacto con efigies, vuelven a estar de moda y los orfebres estimulan la demanda con la manufactura de un extenso y rico repertorio de referencias, heterogéneas y variadas, que adornan los dijes de infantes, damas y algunos hombres, en alternancia con amuletos protectores.

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Los conventos produjeron gran cantidad de unidades para sus benefactores empleando sedas y ricos tejidos engalanados con perlitas y gemas de imitación

Se pueden encontrar estuches con cruces hechas con astillas, los lignumcrucis muy apreciados dentro de vestimenta popular de La Alberca, y cajitas con imágenes y objetos sacralizados mediante contacto del estilo del Santo Rostro de Jaén, pintado en negro sobre fondo en pan de oro.

Emergen también los medallones devocionales confundidos, en ocasiones, con los relicarios ya que la tradición aconseja mantenerlos incólumes para no desvelar su alma, lo que imposibilita verificar el interior.

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Relicario ovalado de plata con imagen religiosa en tela y pequeños huesos en el interior

Estos últimos, joyas en forma de caja pequeña y chata donde se colocan retratos, óleos, rizos u otros recuerdos, vienen ilustrados con escenas referidas a la vida de la Virgen y de Cristo, a las advocaciones marianas de las grandes órdenes religiosas (Inmaculada Concepción, Virgen del Carmen, del Rosario, de Monserrat, de Guadalupe…) y a los santos vinculados con la contrarreforma (San Antonio de Padua, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís…).

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Crucifijo de bronce con relicario interior con cruz de madera y frontal en lámina de madreperla

Debido a la dificultad de encontrar reliquias auténticas, el concepto evoluciona hasta englobar un conjunto de artículos de adorno personal, embellecidos en torno a un objeto religioso como una pintura sobre cobre y papel, un vidrio policromado, una estampa, un esmalte, una litografía, un grabado en madera iluminado a mano o una figurilla labrada.

Elementos que ganan presencia, devoción y hechuras populares en celebraciones, fiestas, mercados y romerías donde son vendidos por buhoneros y tenderos.

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Cruz relicario en metal plateado con imagen de la Virgen y San Antonio María Claret e interior con medallita y papel con borla de tela roja

Estas piezas cuando van destinadas a la labradora y menestrala se presentan con formas sencillas y tradicionales, en plata baja y cobre dorado / plateado y con pedrería falsa y complementos de hueso, coral, cristal o nácar para dar una nota de color, aunque los imagineros gustan de incorporar recursos de toda índole como relieves en cera, esculturas vestidas con sedas coloreadas e incluso medallas.

Sin embargo, el relicario más purista y conocido es un medallón plano (oval, de diseño corazón, rectangular, octogonal, circular, triangular…) con asa, una o dos ventanas transparentes-por eso también reciben el nombre de vidrieras-y un marco para sostener el cristal.

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El cerco se cincela con líneas, puntos o cordones. Los ejemplares más antiguos pueden incluir elementos decorativos salientes en el marco

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Detalle de la argolla

Su superficie se divide en compartimentos mediante tabiques de cartón, pergamino o papel dorado y cada espacio alberga un pequeño resto y un rollo de papel nominal enrollado.

Los tabiques forman dibujos y estructuras dispares, algunas tan enrevesadas que exigen gran habilidad y destreza por parte del artesano, y con asiduidad una imagen, estampa o pintura sobre pergamino ocupa una de las caras.

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El adorno tiende a concentrarse en el marco

El adorno tiende a concentrarse en el marco, grabado, trabajado y cincelado con líneas, puntos, botones, bolas, trenzas, crestería de filigrana, motivos de cordón y otros ornamentos. Puede incluir elementos en forma de pico que se doblan para sostener el cristal y, a veces, presenta orificios con reliquias o estructuras en forma de remate en cruz.

En los de mayor riqueza el contorno se realza con decoraciones y detalles que sobresalen o penden del canto y el espacio interior se ocupa con recursos dispuestos a la manera de ostentorios o retablillos afiligranados -en cartón recortado y metal calado repujado-para resguardar los elementos sagrados.

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Relicario de viaje / sobremesa acabado en madera y con figura en plata de la Virgen de Lourdes

Hay también alhajas portátiles que adoptan formas más caprichosas (escarcelas, esferas, ánforas, lazos, flores, peces articulados…) y otras muchas se bordan en los conventos con oro, sedas con canutillos y lentejuelas y ricos tejidos engalanados con perlitas o gemas de imitación para regalar a los benefactores, repitiendo motivos que apenas varían a través de los años.

Este tipo de trabajos de monjas, muy comunes en los siglos XVIII y XIX, destacan por sus vivos colores y por la abundancia de adornos florales y aplicaciones metálicas. Usualmente lucen en su parte central una estampa de la cruz o referida a los santos y también son habituales las versiones del detente, con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

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Relicario de tela con imagen religiosa

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Trabajo con forma de corazón

Otro joyel muy característico es el de figura cruciforme -en época antigua gozaban de gran estima las cruces de pizarra de Santa María de Nieva, las reproducciones de Caravaca y las destinadas a la camándula-y dentro de la orfebrería popular leonesa son muy conocidos también el jardín, una pieza grande, circular y de cristal convexo que lleva en el interior flores de papel y cera formando escenas religiosas, y el Cristo preñao de estructura abombada, al que la creencia atribuye beneficios para la fertilidad y el parto.

Capilla de santero para colgar. Plata y marfil. Fuente: httpceres.mcu.es

Capilla de santero para colgar. Plata y hueso. Fuente: httpceres.mcu.es

Igualmente, podemos citar los medallones sacramentales de baldaquinos y custodias, utilizados como bajos de rosario en Baleares y otras regiones, las capillitas de santero, manufacturadas durante las tres últimas centurias, con Vírgenes e imágenes de bulto policromadas en el interior, ventanas de cristal y anillas para lucirlas colgadas y, en la misma línea, las cajas colgante con apertura e ilustraciones y figuras religiosas.

Objetos que culminan en las pequeñas unidades de sobremesa y viaje de plata, latón, madera y hojalata, que tuvieron gran predicamento en España en los años cuarenta, y en piezas sentimentales (guardapelos, estuches colgantes…) realizadas por encargo con miniaturas, mechones de cabello, dientes de leche, cenizas del ser querido y otros recuerdos personales.

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Relicario de sobremesa en plata de ley representando a San José con el Niño firmado por el conocido joyero gallego Malde en la década de los setenta

El relicario joya, cuya evolución deriva en las rosas o joyas de pecho, se emplea con asiduidad a lo largo de los siglos XVII y XVIII y su difusión crece durante la era victoriana.

En el periodo modernista y el Art Decó muda hacia ejemplos profanos de excelente factura, finalizados en oro y realzados con gemas, como los portafotos con retratos e instantáneas familiares y los medallones femeninos sin carga sagrada.

Los cambios sociales de la última centuria y la progresiva pérdida de fieles terminan por imponer su vertiente más desenfadada de accesorio y joyel y pierde gran parte de su esencia cristiana.

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Relicario en tela de gran belleza. Conocido como trabajo de monja

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Relicario de tela con el Sagrado Corazón de Jesús rodeado de espinas

En nuestro país y en otros del orbe católico este adorno portátil despierta aún querencia entre los fieles y sigue presente en la imaginería y las celebraciones populares.

Joyerías y tiendas especializadas en arte sacro continúan ofreciendo, hoy en día, versiones modernas de unas alhajas que durante milenios han armonizado belleza, protección y religiosidad.

Artículos e ideas originales para sorprender regalando

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