Rosarios: una corona de rosas para María

El rosario, también denominado camándula, es, en líneas generales, una sarta de cuentas, nudos o esferas que se emplean para contabilizar las oraciones que han de recitarse en un acto ritual.

Su nombre deriva, sin lugar a dudas, de la palabra rosa. Bien por las veces que se identifica esta flor con la Virgen en la letanía, porque las unidades primigenias se engarzaban con rosas disecadas y hechas bolas, o por entender, metafóricamente, que todo el rezo es un ramo dedicado a la Virgen María.

Los orígenes de esta costumbre se remontan varios siglos antes de Jesucristo y, al parecer, fueron los sacerdotes hindúes los primeros en practicarla, aunque su empleo pronto se extendió entre otras religiones de Oriente.

La propagación de su uso va muy ligada a la creencia de que repetir una letanía aumenta su eficacia, y a la necesidad de facilitar al creyente una herramienta para recordar el orden y el número de plegarias a recitar.

La práctica llegó a Occidente de manos de los musulmanes y caló entre las órdenes monásticas cristianas que comenzaron a desarrollarse en Egipto en los siglos III y IV.

Se tiene constancia de historias que datan de los inicios del monacato como la del monje Paulo que rezaba trescientas oraciones diarias e iba recogiendo y arrojando piedrecitas para recordar la cuenta.

En fechas posteriores, muchos otros ejemplos, como el del religioso Ayberto que en el siglo XI se imponía la obligación de repetir el Avemaría cien veces durante el día y cincuenta cada noche o el de los templarios que debían rezar el Padrenuestro cincuenta y siete veces diarias, nos demuestran la importancia que el rosario desempeña en la vida del creyente.

Ya en el siglo XII se implantó la costumbre, en determinados monasterios cistercienses, de que los monjes legos, que no sabían leer los salmos y estaban encargados de las labores manuales y los asuntos seculares, recitaran ciento cincuenta avemarías cada jornada como culto a la Virgen.

 La devoción del Rosario se atribuye a Santo Domingo de Gúzman, un religioso español que en 1216 fundó la orden de los Predicadores, conocidos posteriormente como Dominicos. En la segunda mitad del siglo XV, con el culto ya establecido y consolidado por toda Europa gracias a la labor de las órdenes mendicantes, se define como ‘corona de ciento cincuenta rosas’.   

Viene estructurada en decenas, llamadas ‘dieces’, durante las cuales se medita un misterio que conmemora los principales sucesos de la vida de Jesús y María.

Esta división procede del siglo XIV pero su número osciló arbitrariamente hasta que, bajo el pontificado de Pío V, la Iglesia determina su forma actual.

Se compone de quince misterios, divididos a partes iguales entre gozosos, gloriosos y dolorosos, y cada grupo comprende un padrenuestro, diez avemarías y un gloria patri que culminan con una letanía que, en ocasiones, es sustituida por una oración romanceada.

Recientemente, en el año 2002, Juan Pablo II aprobó que aumentara su número a veinte con el fin de incluir los misterios luminosos, en la que ha sido la única reforma relevante en el rezo a lo largo de los últimos siglos.

Sin embargo, no es usual encontrar rosarios de varias vueltas que contengan los quince dieces sino que lo más habitual es que aparezcan sólo las cinco decenas que se rezan por jornada (50 avemarías y un padrenuestro al inicio de cada serie marcado por una cuenta de mayor grosor) y que, dependiendo del día de la semana, se corresponden con uno de los tres tipos de misterios.

Adivinanzas surgidas del folclore popular hacen alusión a este número de cuentas como la que dice ‘Cincuenta damas / cinco galanes; ellos piden pan / ellas piden ave’ o la que versa ‘Cincuenta y cinco soldaditos / y enfrente su capitán / y de estos cincuenta y cinco / sólo cinco piden pan’.

La devoción del rosario experimentó un gran auge en los países cristianos a raíz del triunfo en la batalla naval de Lepanto, que enfrentó a la Liga Santa y los turcos otomanos. 

Ese domingo de octubre de 1571 era el día que los Dominicos dedicaban a la Virgen del Rosario, y Pío V, convencido de la influencia divina en la victoria, consagró la fecha a María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria de Lepanto.

Posteriormente, Gregorio XIII designó el primer domingo de octubre para la celebración de la fiesta del Rosario y León XIII dispuso que durante ese mes del año se rezase todos los días en la parroquias e iglesias dedicadas a la Virgen. Por último, Pío X, en 1913, decretó que la festividad se organizase el día 7 del décimo mes.

El culto y el rezo en común del rosario era práctica habitual en los siglos XVII y XVIII entre los diferentes estamentos de la vida civil y religiosa, sin distinción de clases ni estratos, y su relevancia dentro de la sociedad española se mantuvo hasta bien entrada la pasada centuria.

Este hecho propició que se fabricaran con todo tipo de materiales, austeros o lujosos según las posibilidades económicas del creyente, y en diferentes tamaños, desde los más grandes destinados a colgarse de las cabeceras de las camas a versiones reducidas que solían guardarse en pequeños estuches de cuero y rosarieras.

En cuanto a la forma de llevarlos, podían ir colgados del cuello, una moda adoptada inicialmente por los estratos más desfavorecidos, o guardados en faltriqueras, bolsillos y calzones, un uso frecuente entre los varones.

También se llevaban prendidos de la cintura, una conducta habitual entre los seglares y las señoras de elevada posición que lucían ejemplares tan largos que casi rozaban el suelo, y colgados de la muñeca como hacían muchos menores en la celebración de su Primera Comunión.

Igualmente, era corriente que los creyentes anillaran medallas, relicarios y dijes entre las cuentas grandes que señalan las decenas, aunque éstas no solían aludir a los misterios del rosario sino que se relacionaban con las devociones o gustos personales del propietario.

En este sentido, cabe destacar que las medallas de algunos santos eran estimadas particularmente por su virtud para salvaguardar contra determinadas enfermedades y riesgos como la de San Jorge, que protegía a los peregrinos y navegantes de los peligros de los caminos y el mar, o la TAU de San Antón que era remedio contra el ‘fuego sacro’.

Además, el pueblo sentía gran devoción por algunas imágenes religiosas como la Virgen del Pilar de Zaragoza, Nuestra Señora del Sagrario de Toledo, la Santina de Covadonga o la Virgen de Nieva de Segovia, y también a santos como Santiago Apóstol y San José, el patrono de la familia, por lo que éstas representaciones aparecen asiduamente en los rosarios.

Por lo que respecta a las cuentas, que pueden ser cilíndricas o esféricas, la variedad es infinita, pero su composición siempre está relacionada con la posición social del usuario, al convertirse la alhaja en un símbolo de estatus, distinción y ostentación.

Los creyentes con menos medios se decantaban por materiales sencillos como maderas económicas, huesos de frutas-eran muy apreciados los realizados con aceitunas del Huerto de los Olivos-, semillas, resinas, pastas vítreas, metal plateado o flores.

Por el contrario, las clases pudientes optaban por elementos lujosos y caros. Se empleaba el nácar, el coral, el cristal de roca, la porcelana, el azabache-muy frecuente en las piezas procedentes del norte de España y especialmente de Galicia y Asturias-, las maderas nobles talladas con maestría, las perlas, y las piedras semipreciosas como el lapislázuli, el ágata, el onix o la venturina.

El engarce era otro de los elementos diferenciadores del rosario.

Los joyeros y centros de orfebrería profesionales más prestigiosos del país se ubicaban en las provincias de Córdoba y Salamanca.

De sus talleres salían unidades preciosistas elaboradas con la técnica mediterránea de la filigrana y realizadas, casi siempre, en plata / plata dorada u oro aunque también las hay de metal plateado.

Estos rosarios vienen con casquetes ornamentados abrazando las cuentas de mayor tamaño correspondientes a los Padrenuestros, pequeños medallones o rosetas planas separando las decenas, escudo triangular o anagrama de María calado cerrando los dieces, y Cruz de la misma factura, con Cristo en lámina repujada superpuesta, rematando la alhaja.

 Otras piezas más modestas son de procedencia doméstica o conventual y su factura depende de la habilidad del artesano.

En estos casos, suelen presentarse engarzadas con alambre de cobre o plata, un material que, en ocasiones, podía emplearse para fabricar todas las partes del rosario incluidas las cuentas, o simplemente urdidas con seda, en el caso de las más corrientes.

En cuanto a los crucifijos, lo normal es que tengan un estilo similar al del resto de la unidad pero es usual hallar piezas en las que la cruz no guarda relación con el engarce y es añadida a posteriori en virtud del gusto o la devoción del poseedor.

Así, por ejemplo, hay rosarios equipados con cruces de peregrino, de bronce y madera, o con cruces relicario que, a veces, no conjugan, con los demás elementos de la alhaja.

Igualmente, hay unidades que pueden mostrar varias cruces o carecer de crucifijo y llevar de remate una mera medalla o un borlón realizado con hilos de colores, aunque en determinadas épocas la ausencia del símbolo de la Redención era percibida de manera negativa.

También se montan con rosetones, adornos o esferas imitando o formando cruces, tal y como ocurre con los procedentes de algunas zonas rurales de Castilla y León.

Otros diseños emplean cuentas de distintos colores y materiales-porcelana blanca con adornos rojos y cristal amarillo o coral combinado con casquillos de plata- o dotan de riqueza a materiales menos nobles como la madera, incorporando incrustaciones y vetas de nácar o madreperla.

Generalmente, los dieces del rosario se cierran con un crucero con la imagen de la Virgen y se unen a la Cruz mediante un colgante formado por otras cinco cuentas que simbolizan, según algunos especialistas, las llagas de Cristo.

Estas bolas, que no forman parte del rezo tradicional, se emplean para las oraciones adicionales que se recitan antes o después de cada misterio, aunque no todos los países católicos las utilizan de la misma manera.

También hay unidades en las que la unión de los dieces con la Cruz se solventa mediante un elemento triangular realizado en malla de plata, un motivo propio del siglo XVII que aparece en piezas producidas en la zona de la Alberca o en la isla de Ibiza.

Otros rosarios cierran las decenas con un pequeño corazón o usan medallas de nácar para rematar el cabo, lo que nos puede indicar que fueron manufacturados a finales del siglo XVIII o principios del XIX. También los llamados anagramas de María-la letra M enlazada con la A-, son un recurso habitual en las unidades de esos años.

El rosario también se puede presentar en otras formas más inusuales y minimalistas, creadas para facilitar la oración al creyente, como los decenarios, que sólo incluyen diez cuentas para los avemarías y una para el padrenuestro, o los de dedo / anillo diseñados para que el propietario pudiera rezar mientras caminaba o realizaba otras actividades.

Hoy en día, esta alhaja ha perdido parte de su sentido religioso pero, a cambio, ha adquirido gran protagonismo como complemento de moda y objeto de coleccionismo debido a la riqueza de materiales, la variedad de estilos-muy determinados por las zonas y centros regionales de producción-, y la originalidad de sus acabados.

Joya para unos, símbolo de espiritualidad para otros, el rosario sigue conservando intacta su capacidad de atracción pese a los más de dos mil años que lo contemplan.

 

                

 

2 respuestas a «Rosarios: una corona de rosas para María»

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