Bisutería vintage: diseño, imaginación y creatividad

La democratización de la joyería, originada por el descubrimiento de nuevos materiales y técnicas de trabajo y su implementación industrial a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, traza los orígenes de la bisutería fina vintage y su posterior desarrollo.

Las joyas tradicionales, elaboradas con metales y gemas preciosas, encuentran su réplica en adornos y complementos de moda de nueva factura, accesibles para el gran público y la más nutrida clase media, gracias a la apuesta por compuestos, piedras y aleaciones plebeyas de bajo costo.

Se emplea jet-pino fosilizado equivalente a la antracita-, vulcanita, baquelita, abalorios de cristal-procedentes principalmente de Bohemia-, pinchbeck-una mezcla de cobre y cinc sustitutiva del oro- y marquesitas.

Igualmente, son habituales las imitaciones de coral, jade, topacio, lapislázuli, turquesas o perlas, los mosaicos italianos de micropiedras de colores, el latón, y los metales rodiados-de acabado similar al platino- y bañados en oro y plata.

Estas piezas, producidas en los talleres victorianos, en los ubicados en Francia y Bohemia y, posteriormente, en los asentados en Alemania y Estados Unidos, presentan algunos parámetros comunes que definirán a esta gama de accesorios.

La renuncia a utilizar materiales preciosos, con la excepción de la plata y algunas piedras naturales, la libertad creativa, que da lugar a piezas originales, atractivas y fantasiosas, el innovador uso del color, el contraste de acabados, y la alta calidad de la manufactura caracterizan la mayoría de los trabajos de la época.

Un saber hacer que bebe de diversas fuentes-la era Eduardiana, la Edad Media, la mitología celta, el mundo natural, el estilo japonés, el arte africano…- y siente predilección por motivos de carácter animal, con representaciones de salamandras, insectos, pájaros, mariposas, ranas o peces, y otros elementos recurrentes como cestas de flores, figuras femeninas, y coronas, un símbolo muy popular en la bisutería antigua y moderna.

Los vibrantes años del Art Nouveau y el Art Decó, dos movimientos que generaron gráciles, elegantes y glamurosos objetos de bisutería que nada tienen que envidiar a la joya más valiosa y que suplen su economía de recursos con imaginación desbordante y diseño arrebatador, tendrán continuidad a lo largo de las décadas siguientes.

El altavoz de los nuevos medios de comunicación de masas, la influencia y atractivo de Hollywood, y la mayor libertad e independencia económica de las mujeres propician un gran crecimiento del número de marcas y diseñadores dedicados al sector.

Entre 1930 y 1940 se introducen nuevos acabados a base de pastas, metales plateados y esmaltados y se comercializan piezas de estilo muy femenino, con colores pastel y profusión de adornos florales, pájaros y motivos más surrealistas como las langostas.

También se generalizan los broches de doble clip para los escotes, un diseño patentado por el joyero francés Louis Cartier a finales de los años veinte que, al igual que otros de su manufactura como el ‘tutti-frutti’, se hizo muy popular y fue fabricado en diversos estilos por numerosas firmas europeas y estadounidenses.

La II Guerra Mundial traerá importantes novedades para la industria americana, ya convertida en una de las más importantes del mundo en el campo de la bisutería.

El parón de las importaciones estimulará la creatividad de las empresas que, en tiempos de carestía, serán capaces de crear algunas de las mejores obras producidas en el siglo y dar forma a un estilo propio y singular, que se aleja de las tendencias continentales.

El cambio más sustancial llega al sustituir la plata esterlina por una base conformada por varios metales ya usados que posteriormente se baña en oro, dando lugar a un acabado conocido en Francia como ‘rosy’.

Esta forma de rematar las piezas-vermeil-se impondrá en la mayoría de los artículos de bisutería estadounidense producidos a partir de 1942.

Los más económicos se hacen con aleaciones de metal y los mejores vienen realizados en plata o en plata de ley pero casi todos se recubren con un chapado que se caracteriza por su alta calidad, su generoso grosor, su elevada durabilidad y su rico acabado.

La década de los cincuenta no hace más que reforzar la posición de las compañías estadounidenses.

El fin de la guerra abre de nuevo el acceso a materias primas procedentes de Austria y Checoslovaquia y se anulan las prohibiciones para trabajar con determinados metales, necesarios en la creación de piezas delicadas.

Además, la recuperación de la economía mundial, el crecimiento del poder adquisitivo y el renovado interés por la moda y los accesorios tras años de privaciones, convierten al país en el centro neurálgico de la industria global de la bisutería.

Sólo París, con el estilo Dior, es capaz de competir en ideas y creatividad con unas firmas de gran capacidad técnica y especial habilidad para plasmar en sus artículos las últimas tendencias imperantes en el mundo de la joyería.

Unos años marcados por piezas coloridas-como los exitosos árboles de Navidad-, con profusión de acabados brillantes, piedras sintéticas y cristales de Swarovski, y motivos inspirados en el cine que se plasman en broches pero también en conjuntos de collares, pendientes y brazaletes.

Estilo que sufrirá un cambio radical con la llegada de los vitalistas años sesenta, en los que la juventud fija las pautas de la moda y demanda piezas más informales y económicas.

Son tiempos en los que prima la imagen y existe total libertad creativa, lo que da lugar a tendencias estilísticas muy dispares en búsqueda de productos rompedores y llamativos, de consumo rápido pero gran fuerza visual.

Coexisten piezas que actualizan motivos históricos como la Cruz de Malta o introducen elementos similares al marfil para recrear los antiguos diseños orientales, con artículos de metal coloreado con ornamentos mitológicos y clásicos diseños de piedras de colores.

También es típico de la época el uso de cristales italianos y el gusto por los adornos florales a la manera victoriana.

Otros elementos habituales serán los motivos étnicos, la madera y el interés por los compuestos plásticos y los temas relativos a la conquista y la exploración del espacio.

Esta inquietud se plasma en objetos de formas geométricas-ondas, triángulos, círculos y espirales-manufacturados en nuevos materiales como el aluminio, las resinas y los acrílicos o en otros más comunes como el metal blanco, solo o en combinación con esmalte.

A los broches, colgantes, pendientes, pins, alfileres, cadenas, collares y pulseras se les unen ahora otros complementos más inusuales como relojes rematados en poliuretano o, en menor medida, anillos de grandes dimensiones, un accesorio que ya había sido producido en épocas anteriores pero de forma más puntual.

Con el comienzo de los setenta se pierde algo de vitalidad en la industria que retoma con fuerza en los ochenta y noventa con conceptos más masivos o, por el contrario, con planteamientos exclusivos bajo la batuta de firmas y creadores de prestigio.

Muchas han sido las marcas representativas del sector a lo largo del siglo XX.

Liberty & Co., Meyle and Mayer, C. R. Ashbee, Theodor Fahrner, Trifari, William Hobé, Joseff, Reja, Pennino, Eisenberg, Miriam Haskell, Christian Dior, Weiss, Boucher, Kenneth Jay Lane, Selro, Grosse, Pierre Cardin… son sólo algunos de los nombres más conocidos por el gran público, pero en el mercado es posible encontrar también muchas alhajas de interés producidas por firmas minoritarias.

Igualmente, hay piezas sin firmar de excelente calidad realizadas en Europa y América u otras que sólo vienen identificadas por su origen como las que lucen la leyenda ‘Czech’.

Pasión coleccionista

La joyería de fantasía es un excitante campo de coleccionismo que gana adeptos con el transcurrir de los años, principalmente entre las mujeres.

Hoy en día, muchas de las piezas pertenecientes a los grandes movimientos artísticos como el Art Nouveau, Arts & Crafts y Art Decó alcanzan precios prohibitivos pero existen otros muchos artículos asequibles para el bolsillo medio fabricados entre principios de siglo y la década de los cincuenta, el periodo más excelso de la joyería de fantasía.

Conviene interiorizar algunos conocimientos básicos antes de lanzarse a adquirir bisutería vintage para aprender a diferenciar las reproducciones modernas y entender las acusadas variaciones de coste que presentan artículos en apariencia similares.

La gran ventaja que encuentra el coleccionista de este ramo es la multiplicidad de estilos, objetos y manufacturas, lo que le permitirá especializarse e ir, poco a poco, conociendo las características y peculiaridades del ámbito que le interese.

Brazaletes de los cincuenta, trabajos en vermeil, espectaculares collares con gemas sintéticas, piezas de strass, creaciones en esmalte, delicadas joyas de cristal checo, complementos adornados con animales exóticos: existen muchas vías para iniciarse en una actividad en la que la pasión y la atracción por el artículo deben primar siempre sobre el concepto de inversión.

 

12 respuesta a “Bisutería vintage: diseño, imaginación y creatividad”

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