Rolmonica: el ocaso de las organettes

Grabar, almacenar y reproducir sonidos, con mayor o menor fidelidad a la fuente original, fue el objetivo de cientos de inventores que a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas de la pasada centuria registraron infinidad de máquinas e instrumentos mecánicos en las oficinas de patentes de medio mundo.

Cien años fructíferos en ingenios que culminaron con el fonógrafo de Edison y el gramófono de Berliner, y dejaron por el camino otros artilugios menos funcionales, pero de gran originalidad y destreza tecnológica.

Basados en mecanismos de cilindros y discos de púas sobre peine de metal, en sistemas neumáticos de rollos de papel y discos de cartón perforados, o en métodos que combinan diferentes técnicas.

Aparatos, portátiles y de mesa, creados para automatizar la música y permitir a cualquier persona sin conocimientos tocar melodías con la destreza de un experto.

La historia de las organettes que trabajan con soportes de papel codificado y se accionan soplando y girando una manivela se remonta a 1861.

Ese año el francés J. A. Testé registra en Nantes el Cartonium, que emplea tarjetas de cartón grueso, y abre un camino que seguirán otros muchos emprendedores a ambos lados del Atlántico.

En Estados Unidos personajes como el escocés John Mc Tammany y diversas compañías (Munroe Organ Reed Company, Mechanical Orguinette Company…) buscan explotar comercialmente organillos e inventos que usan métodos de vacío y aspiración en lugar de los tradicionales de fuelles y lengüetas o tubos, más usuales en los productos manufacturados en Europa y, sobre todo, en Alemania.

La Celestina, Serinette, Melodía, Ariston, Manopan, Herophon, Trumpetto, Clariona, Saxophonoe, Aurephone, Silbar… nombres comerciales de artículos que, en muchos casos, inundaron los hogares y se convirtieron en objetos cotidianos y usuales a partir del año 1876 y hasta recién entrado el siglo XX.

Sus precios populares-entre dos y diez dólares-, los canales de venta empleados en su distribución (algunos se comercializaban por catálogo o correspondencia), la facilidad de manejo, la robustez de los mecanismos, la enorme oferta de soportes intercambiables con canciones y temas populares-un mercado goloso para las compañías que buscaban fidelizar al consumidor-, la autonomía y libertad de uso, y la variedad de formas y tamaños fueron decisivos para su éxito.

Los había desde ocho a veinticinco notas y los sistemas se adaptaron a instrumentos como la armónica, la trompeta, el saxofón, el acordeón, el violín, el piano o la cítara con una gran variedad también de presentaciones y acabados (mueble, bureau, caja de música, pianola, madera, baquelita, hojalata…).

La seducción del fonógrafo y la irrupción del gramófono los fueron relegando del mercado hasta provocar su definitiva desaparición en la década de los treinta.

El último de su estirpe fue la Rolmonica, el pianista de bolsillo, una armónica mecanizada compacta-quizás la organette conocida de menor tamaño- que reproduce canciones patronadas en cilindros de papel.

El instrumento de viento fue patentado por primera vez en 1925 aunque no será hasta 1928 cuando, tras ser perfeccionado, el diseño de Joseph Le Roy Banks entre en producción en la ciudad de Baltimore a cargo de la empresa Rolmonica Music Company.

Se vendía con varios rollos, los había de multitud de temas musicales como Home, Sweet Home, O’Sol Mio o Chiquita, y tuvo una aceptación comercial buena pero de vida limitada debido al crash financiero y a otros factores ya comentados.

La pieza que se observa en las fotos tiene el frontal realizado en baquelita de color granate y lleva la parte posterior rematada en hojalata del mismo tono mientras que el resto de elementos están acabados en metal plateado y madera.

En el interior oculta un mecanismo con dos rodillos sobre los que circula un rollo de papel agujereado cuyos orificios fijan las notas musicales.

El cilindro central metálico es una armónica de doce acordes diseñada para emitir un sonido monocorde cuando pasa aire por la boquilla elevada ubicada en el anverso y plasmar las variaciones gracias al patrón grabado en la celulosa que avanza y retrocede con las dos manivelas laterales.

El artículo, que mide 13,5 centímetros de largo por 8,7 de ancho y 6 de alto, se identifica como Player Harmonica y permite interpretar cualquier tema con la soltura de un especialista y sin necesidad de tomar aire.

 

Es un curioso aparato que, sin llegar a las cotas tecnológicas de sus mayores, mantiene intacto su atractivo y, hoy en día, se ha convertido en claro objeto de coleccionismo para los amantes de los instrumentos musicales mecanizados.

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