Junior y Simplex: máquinas de escribir de juguete

Imitar el comportamiento de los progenitores es una de las formas de aprendizaje que emplean los niños para interiorizar conceptos y acciones. Resulta frecuente que a ciertas edades los pequeños demanden juguetes con los que reproducir las actividades que observan realizar a sus mayores.

Conscientes de esta cuestión, las jugueteras siempre han incluido en sus catálogos referencias detalladas y en miniatura de objetos propios de adultos como teléfonos, coches, cocinas, cámaras de fotos, laboratorios, cinematógrafos, u otros similares.

Las máquinas de escribir, con su presencia constante en la vida cotidiana y su halo de modernidad, no fueron ajenas a esta tendencia y se convirtieron en una inagotable fuente de inspiración para estas empresas.

De hecho, es habitual confundir el segmento de población al que iban dirigidos los modelos tempranos lanzados por compañías especializadas, y hay unidades que, debido a su simplicidad y vivos colores, parecen ir destinadas a un público infantil cuando sorprendentemente fueron diseñadas para el mercado profesional.

La realidad es que estos mecanismos primigenios, datados entre finales del siglo XIX y principios del XX, exigían un aprendizaje y obligaban a la mecanógrafa a escribir sin errores, con lo que también resultaban muy útiles y atractivos para enseñar a los niños los principios de la escritura y el alfabeto, admitiendo, en ocasiones, un uso mixto.

La gran mayoría de las máquinas de escribir de juguete comercializadas por las fábricas alemanas, británicas, francesas y estadounidenses estaban realizadas con materiales económicos como metal, hojalata y madera- raras veces se utilizaba baquelita- y venían decoradas con algún elemento litografiado.

Al principio, lo habitual es que se acabaran en color negro pero pronto comenzaron a pintarse los componentes en tonos rojos, verdes, y azules para hacerlas más llamativas a ojos de los pequeños de la casa.

Casi todas son de tipo índice y, en lugar de un teclado normal, montan una rueda giratoria o un dial circular / cuadrado / curvado con los caracteres alfanuméricos grabados que sirve para seleccionar la letra adecuada que luego se autoentinta e imprime con una presión del dedo o mediante una palanca.

Ya avanzado el siglo pasado, aparecieron otros modelos que usaban variaciones de este mecanismo, empleando, por ejemplo, un indicador deslizante graduado para fijar los tipos de la rueda, y también algunas máquinas de barras, dotadas de teclados tradicionales y pulsadores individuales para cada carácter.

Solían incorporar pocas funciones, aunque las más avanzadas incluían avance automático y la posibilidad de poner espacios y seleccionar el tamaño de letra, y se vendían con embalajes de cartón, decorados con dibujos y logotipos de las marcas, y con tapas de metal y estuches de madera dotados de asas para un cómodo transporte.

Este clase de juguetes didácticos fueron manufacturados por diversas casas comerciales a ambos lados del Atlántico, entre ellas enseñas como Lord Baltimore, Rico, Ludolf, Virocyl, Eureka, Famos, American Flyer, Tom Thumb, Dial Typewriter, Bambino, Berwin, Imperial, Mettoy o De-luxe Dial.

Sus bajos precios-costaban entre uno y tres dólares en América-, el realismo y la similitud que presentaban respecto a las auténticas, y las campañas de marketing y publicidad, concedieron, en ocasiones, pingües beneficios a inventores y fabricantes.

Dos de las empresas más reputadas dentro de este ámbito fueron Junior y Simplex.

La primera marca fue registrada en los años veinte por los hermanos Schmidt en la localidad alemana de Stein (Nuremberg), y se publicitaba como ‘la máquina de juguete que realmente escribe’.

La fabricaba su propia compañía, denominada GSN, y estaba realizada en hojalata esmaltada en negro / marfil / rojo / azul, con las perillas del rodillo acabadas en goma dura y otros componentes finalizados en metal plateado.

En la parte central presenta un teclado litografiado de imitación, con las letras y números resaltadas con un cerco de ligero relieve, un dibujo semicircular representando las barras de tipos, con el centro ocupado con una especie de rostro de robot sonriente, y en los laterales dos sellos con forma de pergamino enrollado.

Lleva grabada la referencia a su origen y las iniciales D.R.P. y D.R.G.M., que aluden a las patentes del país y los sellos oficiales, e incluye una base del mismo material que el cuerpo.

Se acompañaba de una tapa equivalente, con asa, orificio para el cierre, y el nombre de la casa inscrito en dorado, además de un embalaje exterior-una caja de cartón o madera con un papel pintado con motivos infantiles-, una cinta de tela, y una pequeña botella de tinta.

El juguete, del que se lanzaron hasta cuatro referencias durante esa década y la siguiente, está considerado por los especialistas la máquina de escribir más pequeña del mundo con sistema tipográfico completo.

Permite usar mayúsculas, minúsculas, tipos alfanuméricos, y signos de puntuación gracias a un disco de goma con los caracteres estampados en el canto y en la parte superior.

Equipa dos soportes a los lados para insertar la cinta de tela por detrás de la rueda, y en la parte posterior incluye un carro, el rodillo para recoger el papel, los reguladores de altura del folio, una barra graduada para fijarlo, y una pieza para sostenerlo recto.

Para escribir tan sólo es necesario girar el disco hasta la posición deseada y mover y presionar a derecha o izquierda la palanca central para seleccionar el tipo de letra mientras que el carro se desliza sin ayuda.

Los controles laterales sirven para dejar espacios entre líneas y letras y usar el resto de caracteres, y el entintado se realiza untando ligeramente la rueda.

El aparato, un éxito de ventas en Alemania y Estados Unidos gracias a su realismo y alta calidad, exige una escritura tediosa pero, a cambio, ofrece buenos resultados y resulta idóneo para el aprendizaje.

La segunda unidad de nuestro análisis fue manufacturada a principios de la centuria pasada por la firma americana Simplex Typewriter, asentada en la ciudad de Nueva York, y nació como una máquina profesional para personas de pocos recursos y sólo muchos años más tarde fue definida como juguete para niños.

Sus orígenes son bastante discutidos aunque, en líneas generales, se acepta que las primeras referencias, de hierro, con base de madera y fechadas en el año 1891, se realizaron a raíz de una patente registrada por Analdo Myrtle English, nacido en Hartland (Vermont), a nombre de Philip Becker, un ciudadano alemán nacionalizado estadounidense.

Sin embargo, el modelo más exitoso por el que la marca es reconocida en todo el mundo-con ligeras variaciones el que se observa en las imágenes- se atribuye a Becker y a William John Thompson, oriundo de la provincia canadiense de Ontario, que lo diseñaron al poco de estrenarse el nuevo siglo y optimizaron a lo largo de las décadas siguientes.

Como su propio nombre indica, se trata de un artilugio de producción económica, compacto, pequeño, y de manejo sencillo, muy apreciado por los coleccionistas gracias a su gran variedad de referencias, diseños y colores.

Se presenta en metal lacado en rojo, verde, blanco, negro, azul, y amarillo, y consta de un disco de gran tamaño con caracteres alfanuméricos y un botón de goma debajo de cada uno.

Presenta una base triangular hueca cubierta con piezas de cartón pintado, un carro con escala graduada (0-72), dos ruedas laterales y una pareja de rodillos para mover el papel, y un accesorio para evitar que se doble.

La máquina, ‘Special Demonstrated Model C’, permitía imprimir hasta 42 caracteres y trabajaba con papeles y cartas de una anchura máxima de 17,7 centímetros, aunque dentro de la extensa gama se comercializaban modelos que incluían entre 36 y 72 tipos, contando mayúsculas, minúsculas, números y símbolos, y con capacidad para admitir tamaños de folio de 6 a 8 pulgadas.

Para ponerla en marcha bastaba con girar la rueda a la posición deseada y presionar hacia abajo el botón. También permitía dar espacios entre las letras pulsando la pieza inferior acabada en un pequeño triángulo e iniciar una nueva línea desplazando el disco en sentido contrario y moviendo el rodillo.

Si se acababa la tinta era necesario levantar la parte central y acceder a dos pequeños depósitos circulares donde se vertía una pequeña cantidad.

De escritura lenta como todas las de su clase pero resistente y capaz de ofrecer excelentes resultados en el desempeño diario, su uso se extendió rápidamente entre la población infantil y juvenil.

Un factor que, ante el inesperado nicho de negocio, la compañía supo explotar con concursos dirigidos a escolares que, con cartas y felicitaciones, podían contribuir a regalar unidades a niños sin recursos alojados en hospicios y hospitales a los que alentaban a usarlas en la cama por su simplicidad y capacidad de divertir y entretener.

La tenacidad de la empresa y su constante búsqueda de fórmulas con las que mejorar el producto, como denotan las numerosas patentes registradas hasta mediados de la década de los cuarenta, le permitieron subsistir dentro del sector, al contrario que muchos competidores, aunque ya más como juguete que como verdadera máquina de escribir.

A lo largo de todos esos años, se lanzaron diversas variantes del diseño original y se fueron realizando pequeños cambios en relación a los materiales empleados, el tipo y forma de la base, las dimensiones del disco tipográfico, la posición del carro, y las funciones incorporadas, e incluso hubo algunas referencias que aparecieron con teclados simulados.

Lo que no se modificó fue el embalaje, una austera caja de cartón que la mayoría de las ocasiones tan sólo muestra el nombre de la casa y el modelo o como mucho elementos decorativos geométricos simples aunque, en ocasiones, se presenta con un dibujo del producto y una ilustración de un menor.

Finalmente, la Simplex desapareció del mercado, como el resto de máquinas de índice, y fue sustituida en el imaginario de los niños por referencias más actuales y dinámicas.

Sin embargo, todos estos artilugios siguen despertando la simpatía de aficionados a los juguetes y los accesorios de oficina y, a pesar de las innovaciones tecnológicas y el desuso de sus hermanos mayores, reclamando una segunda oportunidad para que los saquemos de sus cajas y tecleemos unas líneas con sus vetustos mecanismos.

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2 respuestas a «Junior y Simplex: máquinas de escribir de juguete»

  1. Muy interesante. Siempre me ha llamado la atención la historia de la ciencia en general, pero sobre todo la evolución de las máquinas de uso común. Por ello me ha gustado mucho haber tenido acceso a esta información sobre las máquinas de escribir de juguete. Me gustaría conocer la evolución de los motores de gasolina y diésel. También cómo se construia cuando no habían incluido el hierro y el cemento no había evolucionado comercialmente.

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